La tormenta rugía con fuerza, los fuertes vientos azotaban
la embarcación, bamboleante por la acometida constante de las fuertes olas, y
el rugido de los truenos retumbaba en la inmensidad del gran océano, donde la
vista se perdía en cualquier dirección sin hallar ni el más mínimo rastro de
tierra en el breve momento en que los poderosos rayos surcaban los cielos
iluminando la escena.
La voz del contramaestre luchaba por alzarse por encima del
atronador estruendo de la tempestad desatada, transmitiendo las órdenes del
capitán, que hacía cuanto creía correcto para asegurarse de que el navío
siguiese flotando cuando la calma llegase. Calma, que dicho sea de paso, era
ansiada, necesitada y se hacía de rogar, como demostraban los rezos de los
escasos hombres religiosos que iban a bordo, que se incrementaban con cada
crujido de la madera bajo sus pies.
El timonel, sujetaba el timón fuertemente con gruesos brazos
de músculos dilatados por el enorme esfuerzo de intentar mantener un rumbo fijo,
esperando salir así del radio en el que la furia de la naturaleza les
demostraba a los humanos lo insignificantes que son.
-¡Agarraos todos a algo! –Gritó repentinamente un miembro de
la tripulación, que al mirar a estribor había avistado una enorme ola
dirigiéndose imparable contra la nave.
La ola impactó contra el costado de la nave, arrastrando a
cuantos hombres no hubiesen sido lo suficientemente rápidos como para aferrarse
a algo.
Áureo, un joven muchacho español que había embarcado como
polizón cuando el navío había echado amarres durante una corta temporada en los
puertos de Cádiz y que tras ser descubierto por el capitán a los tres días de
haber zarpado se convirtió en grumete y parte de la tripulación, fue llevado
por la potencia del agua hasta cruzar la cubierta de lateral a lateral,
impactando al finalizar su recorrido contra los barrotes de la baranda de
madera de babor, y posteriormente alzado por encima de ella y casi arrojado al
mar sino fuese por su rapidez de actuación al atrapar un cabo suelto ante su
desesperación.
Habiendo presenciado lo ocurrido, el capitán, un hombre de
origen desconocido y aire letal, cubrió su cabeza con una capucha blanca y
saltó a la barandilla, recorriéndola con amplias zancadas, sin error pese a
estar resbaladiza por la lluvia constante y las salpicaduras del océano, se
deslizó por el forro exterior del costado hasta posar un pie en una de las
aperturas para los cañones que, pese a estar cerradas, ofrecieron superficie
suficiente para impulsarse hacia delante y ayudarlo a alcanzar la soga de la
que pendía Áureo, rodeándolo por la cintura con un brazo para asegurarse de que
no se soltase y manteniéndose con su otra mano agarrado a la cuerda..
Inmediatamente, algunos tripulantes se agolparon en aquel
lateral para ayudar a subirlos a los dos. Pero algo imprevisto sucedió. Los
vientos huracanados consiguieron partir el mástil principal, que se precipitó a
caer y destruyó parte de la cubierta, con lo que rápidamente comenzó a entrar
agua al interior del barco. El timonel dejó de luchar y el contramaestre guardó
un silencio sepulcral. Muchos tripulantes se llevaron las manos a la cabeza.
Estaban perdidos, el navío empezaba a hundirse.
(Continuará...)
-Historia basada en la saga Assassin's Creed para "The Watch", sección VIP para los jugadores.
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